Siria

Siria y el dolor de quienes debieron dejar su patria


Desde el año 92 con la invasión de Iraq, Estados Unidos y sus aliados han generado una absoluta desestabilización de Medio Oriente. Petróleo y gas serán los botines y las ciento de miles de vidas perdidas, el daño colateral.

Veinte años después con la devastación de Iraq y Afganistán, la OTAN va por Egipto, Libia y Siria. La mal llamada “Primavera Árabe” promovida y financiada principalmente por los Estados Unidos intentará con los medios más sangrientos destituir a los líderes de aquellos países. Es así como aparece en escena el ISIS (Estado Islámico) que tras una cortina religiosa oculta el interés de fondo, destituir al presidente sirio Bashar Al Assad, liberando el camino para que las potencias europeas, Israel y Arabia Saudita hagan sus negocios. Este conflicto obliga a emigrar de sus países no sólo a sirios, sino también a iraquíes y afganos cuyos territorios también eran atacados permanentemente.

Se genera el movimiento migratorio más importante desde la 2º Guerra Mundial, superando lo sucedido durante el conflicto de los Balcanes. “Refugiados sin Refugio” relata parte de esa travesía que debieron realizar quienes por miedo a perder la vida ya sea por las bandas terroristas o por las bombas de las potencias mundiales. Los trabajos se centran en la isla griega de Lesbos, a tan sólo nueve kilómetros de la costa turca, durante el mes de octubre de 2015 y el campo de refugiados de Idomeni (frontera entre Grecia y Macedonia) en el año 2016.

Lesbos era la entrada a Europa. Desde allí irían hacia el continente para continuar viaje hacia los Balcanes e ingresar por último a Alemania o Francia. Tan sólo en 2015, 181.000 personas cruzaron desde Turquía hacia la isla griega y hasta el mes de octubre 2373 fallecieron en las aguas del Mar Mediterráneo. En 2016 Europa cierra todas sus fronteras y lo mismo negocia con Turquía, dejando a miles de refugiados en un limbo. Idomeni, un pequeño poblado en la frontera entre Grecia y Macedonia, allí de la noche a la mañana se transforma en un campo de refugiados que albergará a más de 12.000 personas que vivirán en condiciones deplorables durante más de cuatro meses hasta ser reubicados en diferentes campos de acogida de Grecia.

Hasta aquí los millones de migrantes en busca de una nueva vida. Atrás quedan familias, casas, trabajos y los sueños de toda la vida que se realizarían en sus tierras. Siria, enero 2019. Todas las charlas y entrevistas realizadas en los diferentes campos de refugiados relataban situaciones similares vividas durante la guerra. Se hablaba del dolor y de la tristeza pero también de la tierra y su gente. Una hospitalidad que estremecía en cada conversación y que de alguna manera invitaba a conocer más de ellos, más de su patria.

Finalmente viajo al Líbano primero y a Siria después. Homs, un bastión del ISIS recuperado por el gobierno de Bashar Al Assad.

Si bien en 2014 el ejército sirio recupera la mayor parte de Homs, 169 kilómetros al norte de Damasco, no es hasta 2017 que la ciudad queda enteramente en manos de las fuerzas leales al presidente Bashar Al Assad. Las imágenes de una ciudad arrasada se abren ante nosotros. Al-Khaldiya, un barrio de trabajadores y clase media, sólo sostiene en pie, esqueletos de lo que hasta hace unos años fueran hogares, comercios y todo lo que alguna vez dio vida a esa comunidad. Es uno de los tantos barrios castigados que habían sido tomados por grupos terroristas en Homs.

Pese a lo dantesco de la escena, nos encontramos con Ammar, un vecino que poco a poco ha comenzado a reconstruir su casa. Esposo y padre de dos hijas, cada día luego de trabajar se hace un tiempo para su familia y lo hace levantando nuevamente las paredes de su hogar. Si bien el gobierno da una ayuda a quienes están en esta situación, lo cierto es que no alcanza. La crisis por la guerra acarrea también una grave crisis económica con una inflación galopante. Para subir al primer piso de la vivienda, debemos hacerlo por una escalera aún repleta de arenilla y escombros, lo que dificulta la tarea. Allí Ammar, nos describe la distribución de su casa.

A tan sólo tres calles de allí nos encontramos con la escuela primaria del barrio. Basta cerrar los ojos para escuchar el bullicio fantasmagórico de los niños y niñas jugando en el patio o estudiando en la aulas. Hoy el aro de básquet del patio continúa allí amurado. Recorrimos los restos de las instalaciones y vimos lo que cualquier escuela, paredes escritas con dedicatorias amorosas entre el alumnado.

También estuvimos en la sala del director. Siguiendo por el pasillo, al fondo se ve pintada sobre una pared la imagen de Rabab, una niña de libros infantiles que se caracterizaba por ser estudiosa y alegre. Hoy está atravesada por varios disparos de AK-47, precisamente en el cuello y en el corazón. Por último entramos a una de las aulas en cuyo pizarrón continúa escrita la última clase que se dictó allí en 2011, el tema “Los volcanes”. Saliendo de Al- Khaldiya, llegamos al mercado de Homs donde podemos observar como muchas tiendas han reabierto sus persianas, y ofrecen sus mercaderías. Los techos hechos a nuevo dan la sensación de estar a miles de kilómetros de este conflicto. Pero al continuar el paso volvemos a ver la destrucción de los misiles y los morteros. Una mezquita antiquísima destruida y las piedras negras de basalto que quedan a la intemperie. Otra vez la pulsión de vida de hace presente. Diferentes comerciantes han iniciado nuevamente a vivir de sus oficios. aso del peluquero, el bicicletero, los de la ferretería que proveen de materiales para las refacciones, el hombre que vende dulces caseros y una incipiente fábrica de yogures. Saliendo de la zona del mercado un grupo de trabajadores, que están haciendo una red de cloacas, calienta agua para mate y así matar el frío de este invierno sirio.

La resistencia y el dolor se huelen en el aire de Homs, miles de vidas se perdieron aquí y otras tantas se resisten a irse. Desean continuar pese a todo. Hoy Homs vive en paz, sabiendo que pocos kilómetros de allí se está viviendo lo que ellos vivieron unos años atrás. Todos auguran que el 2019 sea el fin de ésta guerra planificada y orquestada desde el exterior que ha costado la vida de gran parte de la población y ha hecho que miles deban emigrar hacia otros países.

En Damasco, desde el 2014 ya no se escuchan caer los morteros que asediaban la ciudad. La vida poco a poco vuelve “normalidad”. Los problemas de los bajos salarios, la inflación y las poscas oportunidades de trabajo, ocupan hoy el ranking de preocupaciones de los capitalinos. Pese a ello, cada tanto la aviación israelí les recuerdan que están en guerra. Con la excusa de la presencia de fuerzas iraníes y del Hezbolá en territorio sirio, Israel ataca diferentes blancos en las cercanías al Aeropuerto Internacional de Damasco. En nuestra segunda noche allí, fuimos testigos de un ataque que fue repelido por la defensa antiaérea de Siria. Por unos minutos pudimos entender la sensación de estar indefensos y a merced de los ataques aéreos. Siria es un país de gente generosa, de los que sin conocerte te abren la puerta para contar su historia. Es la gente de campo, es el trabajador que vuelve cada día a la ruina que queda de su hogar para volver a poner ladrillo sobre ladrillo. Es la gente que resiste y no se rinde a los intereses de un imperio inescrupuloso capaz de haber generado una de las guerras más crueles de lo que va del siglo XXI.